Se fue sin darse cuenta…

Se terminaron las oportunidades para recomenzar, justo cuando más las necesitaba…
Así es la vida de todos, pero en particular la de Diego Maradona que murió paradójicamente siendo amado por multitudes y sumido en la soledad mas angustiante.
Con apenas una tercera parte de su corazón bombeando, vivió sus últimos años…
Atrás quedaron sus interminables “gambetas”, sus expresiones ácidas, sus afectos que el mismo muchas veces denostó, atrás quedó la alegría, el champagne, la fama, las luces, las cámaras, los micrófonos y la gente…
Y vaya a saber en qué rincón quedaron apilados los trofeos y las placas, ahora sin dueño…
Basta saber que se fue en silencio, sin darse cuenta mientras dormía, y que al recibir la noticia nos invade un sentimiento de impotencia. Entonces, confirmamos una vez más, que “la vida es una sombra que pasa”, lo cual nos hace mirar a Dios con reverencia.
Cuando sucede lo indeseado; la fortuna, la fama y la magia se vacían por ausencia de amor, del amor que todo lo llena.
Qué no hubiera dado Diego por cambiar todo cuanto tenía por un poco de amor genuino, por alguien que lo mire a los ojos y que en lugar de desdén interpretara su dolor.
Más allá de sus altas y bajas, de sus contradicciones y de su extrema condición terrena, fue uno de los más grandes futbolistas de todos los tiempos, sino el más grande, que nos llenó de alegrías con su talento incomparable.
Nicolás Marulla
26 de noviembre 2020
Publicado el 27 noviembre, 2020 en Marcas de lo cotidiano. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.
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