Angustia
La angustia brota por todas partes como el agua, se entremezcla con el pasado en las arterias del alma y se hace mistura en el llanto; sacude desde adentro e irrumpe sin que nadie la llame.
Con su efecto desestabilizador y su arte para discontinuar, se adueña del presente y no deja espacios libres para que otros sentimientos compartan el lugar…
La angustia no pregunta si es el momento adecuado, no contempla horarios, fechas y acontecimientos; no respeta clases sociales, ni credos, ni razas…
Llega, se instala y ahoga, oprime, recorta y debilita, no se anuncia, en todo caso su llegada es portadora de anuncios devastadores…
La angustia que nos desarma y nos descorazona, puede ser sorprendida, se la puede desconcertar, arrinconar…, y aunque suene extraño…
¡Se la puede angustiar!
Una angustia angustiada será una angustia debilitada y empobrecida; sorprender a quien intenta sorprender es una estrategia de vida y una cualidad de liderazgo.
Así como puedes traer el futuro a tu propósito y visión, puedes traer a la angustia para sumergirla en el mar bravío de tus sueños y exhibirla en el escenario reconfortante de la alabanza; en las calles atiborradas de las necesidades de otros y en el grito ensordecedor de los indefensos, en la calma de la reflexión, en la confesión, en la oración, en el susurro indecible del Espíritu y en la expresión invencible de la fe puesta en Jesús…
Aquello que vino para atormentarte adquiere ahora un sentido liberador y una posibilidad de crecer; porque quien padece, finalmente es quien alcanza a comprender y quien reduce todo a esperanza…
Nicolás Marulla
Buenos Aires, 29 de mayo de 2008
(En el 27º Aniversario del fallecimiento de mi padre)
Publicado el 6 agosto, 2019 en Marcas de lo cotidiano. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.
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